
Vito fue parte de nuestras vidas desde 2014, y aunque su tiempo con nosotros fue breve, aprendimos a esperar pacientemente cada uno de sus lentos movimientos, a celebrar cuando se asomaba curiosa por el jardín y a reír con sus peculiares manías de comer. Durante esos seis años nos enseñó que la quietud también es una forma de estar presente, que no necesitaba correr para ganarse nuestro amor, y que a veces lo más valioso viene en los gestos más simples. Cuando se fue en 2020, quedó un silencio diferente en la casa, ese vacío que solo dejan los seres que nos acompañan sin prisa, sin ruido, pero con una certeza que nunca nos abandonó.
Sé el primero en dejar un mensaje