
Yuki fue esa presencia tranquila que nos enseñó a ralentizar la vida, con sus costumbres de acurrucarse en lugares inesperados y su manera peculiar de pedir atención dando saltitos cuando menos lo esperábamos. Durante doce años fuiste testigo de nuestros cambios, nuestras alegrías y tristezas, siempre ahí con esa forma tuya tan particular de estar, sin pedir gran cosa más que verdura fresca y un rincón donde sentirse seguro. Te llevás un vacío que no es tristeza sino la forma que vos dejas en la casa, en nuestras rutinas, en esa costumbre de buscarte con la mirada apenas amanece.
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