
Yuki llegó a nuestras vidas en 2010 y durante nueve años nos despertó cada mañana con sus saltos juguetones alrededor de la casa, con esa manera inconfundible que tenía de pedirle permiso a nuestros pies para pasar, como si fuera la cosa más importante del día. Te acostumbraste a esperar en la cocina a que termináramos de cocinar para probar lo que dejábamos caer, y nosotros aprendimos a dejar caer cosas a propósito solo para verte feliz, para verte hogar como sos vos en cada rincón donde estabas. Desde que te fuiste en 2019, la casa tiene un silencio que duele, ese que no llena ni el ruido, y seguimos guardando en el corazón cada uno de esos días simples que pasamos juntos, porque vos transformaste lo cotidiano en algo que nunca vamos a poder olvidar.
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