
Zeus llegó a nuestras vidas en 2007 y durante catorce años fue ese perro que se sentaba junto a la ventana esperando nuestros pasos en la puerta, que ladraba de alegría cada vez que alguien volvía a casa como si fuera la primera vez que nos veía. Te acordábamos en las tardes cuando salíamos a caminar por el barrio y vos querías saludar a todo el mundo, moviendo la cola sin parar, dejando un rastro de cariño en cada esquina donde alguien se detenía para acariciarte. Ahora la casa tiene un silencio diferente, ese que solo dejan los que fueron parte de cada rutina, cada almuerzo, cada noche, y ya nada es igual sin tu respiración cerca, sin tu manera de recordarnos que estar juntos era lo más importante.
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