
Zeus fue el alma de nuestra casa durante siete años, ese perro que nos esperaba cada tarde en la puerta con una energía que contagiaba alegría a quien lo mirara, y que tenía el don especial de saber cuándo uno estaba triste para venir a apoyar su cabeza en nuestras piernas sin que nadie se lo pidiera. Sus costumbres eran tan nuestras que todavía nos cuesta pasar por el rincón donde dormía, ese lugar donde pasaba horas observando la calle con una paciencia que enseñaba, o acordarnos de cómo insistía en meterse a la cocina cada vez que freíamos algo como si fuera su derecho inalienable. En estos meses sin vos dejaste un silencio que duele, Zeus, pero también dejaste las risas de cuando hacías esas cosas raras que solo vos sabías hacer, y la certeza de que siete años al lado tuyo fueron siete años de una vida vivida de verdad.
Sé el primero en dejar un mensaje