
Zoe fue once años de ronroneos a las tres de la mañana, de esas ganas irrefrenables de meterse en las bolsas de compras y de saltarle encima a cualquiera que se atreviera a dormir una siesta sin su permiso. Vos eras la que conocía cada rincón de la casa mejor que nosotros, la que decidía cuándo era hora de comer, de jugar o de recibir caricias, y la que nos enseñó sin decir nada que la vida es mejor cuando alguien está ahí esperándote cada día. En esta casa quedó el silencio de tu lugar en el sofá y la costumbre de mirar hacia la puerta esperando verte llegar, porque no se olvida a quien marcó los ritmos de todos nuestros días.
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