
Zoe fue la experta en encontrar los rincones más absurdos de la casa para dormir, y sus ronroneos nocturnos se convirtieron en la banda sonora que nos acompañaba en las madrugadas, sos parte de nuestros silencios más queridos. Tenías la costumbre de esperarnos en la puerta cada vez que llegábamos, con ese maullido particular que solo vos hacías, y nos enseñaste que la felicidad podía ser tan simple como un rayo de sol y una caricia sin apuro. Durante trece años compartimos alegrías cotidianas que parecían intrascendentes pero que hoy extrañamos con una intensidad que duele, porque Zoe dejaste un vacío en los rincones donde solías estar que no vamos a poder llenar con nada más que con la gratitud de haberte tenido.
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