
Zoe tenía la costumbre de seguirnos por toda la casa como si fuera parte de cada conversación, y los últimos rayos de sol de la tarde eran su momento favorito para echarse en el piso de la cocina mientras preparábamos la cena. Vos eras de esas que se acordaba exactamente de quién había llegado triste ese día y te acercabas sin que nadie te lo pidiera, apoyando tu cabeza en la rodilla de quien más lo necesitaba. Aunque solo tuviste cinco años con nosotros, dejaste un vacío tan grande que hasta ahora nos sorprende descubrir lugares de la casa donde esperamos escucharte llegar primero.
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